12 de Enero de 2006
Conduciendo hacia el hospital, presiento por el gusanillo que da vueltas por la tripa, que mi autocondescendencia me va a dar un disgusto. Hoy tengo guardia, y ello implica estar de mal humor, aguantar mil cosas y encima poner todo de mi parte para no fumar. Supongo que debería ver el acto de no fumar como una liberación, pero ahora mismo siento como si lo que me hiciera esclavo del tabaco fuera tener que alejarlo de mi mente constantemente, luchar contra el impulso inconsciente, la inercia de la voluntad implicita del hábito... Es como estar pendiente del bebé que gatea no sabes dónde pero seguro que sin tu supervisión hacia algún sitio poco seguro... Así me siento y quiero descansar. Hago un pacto con el demonio.... que habita dentro de mí. en un descanso de la guardia me voy al bar de enfrente del hospital, miro hacia un lado, nada, hacia el otro, tampoco, nadie conocido... introduczo unas monedas en la máquina y sale la cajetilla. Tan simple, tan fácil... ¿para esto he estado luchando? Parece que el pecar debería al menos comportar unos instantes de éxtasis, prohibido pero excitante éxtasis. Sólo un aséptico "Su tabaco, gracias". Ya lo han oído todos, que voy por tabaco, no hace falta gritar tanto...
Salgo de ese bar para que no me vean consumar mi derrota, me meto en el siguiente bar (5 metros de distancia... si los bares fueran farmacias...) y allí me pido un cortado y me enciendo el cigarrillo. Casi me mareo, y lentamente, entre la falta de oxígeno, el vaivén por el desequilibrio y un regusto agridulce de haber cometido adulterio... pero que bien me lo pasé! Me juro a mi mismo que sólo me fumaré uno más antes de irme a dormir, si es que me dejan dormir.
Tiro el paquete de tabaco y guardo un cigarrillo para última hora, que me fumo pensando lo que pensé el primer día: nunca más!!! Aunque visto lo visto, poca credibilidad me otorgo...

0 Comments:
Publicar un comentario en la entrada
<< Home